Cachonda y mística la misteriosa gallinácea se aprestó a expulsar de su cuerpo un estéril óvulo áureo.
Así sin más, sin papeleos ni lamentaciones ni cantos guturales el gallinero se fue llenando de regalos mensuales cada día más grandes, con fractales de rubí, de esmeralda, de diamante.
Y sin embargo la miserable sabandija no fue capaz de reclamar ovaciones, agradecer al dueño de la granja por la cuarta de granos semanal y mucho menos (infame egoísta) compartir con el resto de las aves el secreto para dejar de parir polluelos sudorosos, cápsulas reblandecidas que se quiebran al tocar el piso.
Por eso se decreta el incondicional e irreversible sacrificio del ave con el fin de descifrar la infernal maquinaria de sus entrañas a la luz de la infalible sabiduría del granjero y la turba de mascotas enardecidas en espera de justicia.
Sirvan sus despojos para un caldo galáctico.
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